domingo, 21 de junio de 2015

Los valientes, que den un paso atrás

Rabia. Es la forma más adecuada de definir el clima político y social que se percibe en Madrid en los últimos tiempos. Podría que deciros que desde mediados de 2012. Quizá provocado por la mayoría absoluta del PP y los escándalos de corrupción de PP y PSOE. Quizá conjuntamente, o como causa o consecuencia, del nacimiento de Podemos. No sé cuál fue el primer día de la ira.

Hiperactividad, ansiedad, depresión, delirio, sentimientos de violencia y voluntad de atacar, acompañados de parálisis. Ésa es la sintomatología del virus de la rabia y, sinceramente, mi percepción sobre la conducta social, pública y privada, en lo político, en nuestro país.

Todo acontecimiento público, toda noticia, declaración o tuit provocado por la clase política genera, automáticamente, una reacción inmediata de ansiedad y depresión. Una dialéctica de violencia en lo social y de parálisis en el individuo. Rabia perfectamente justificada, pero rabia en todo caso. En este estado extenuante de hiperactividad, entendemos justificado reaccionar con inmediato radicalismo ante lo que percibimos como agresión a nuestra dignidad. Cada decisión judicial de la juez Alaya del PSOE, cada nuevo euro de dinero negro del PP, provoca nuestra reacción en ejercicio de la libertad que nos habían robado los corruptos y aprovechados. Pero igual, hemos llegado a responder con idéntica violencia ante los desmanes de los políticos de Podemos y sus declaraciones antisemitas, bolivarianas o antisistema vertidas en las redes sociales. Y lo mismo con Ciudadanos, ahora vistos como arrimados que facilitan la perpetuación de gobiernos socialistas o populares y pactan con ellos traicionando la confianza de quienes les prestaron sus votos.

Hemos decidido hacerlo contra cada gesto. A cada gesto, un mordisco. De forma inmediata. Rabia, en ejercicio de nuestra libertad.

Sin embargo, esta reivindicación, esta soberanía iracunda y libérrima, es una patraña.

El secreto de la libertad – no lo digo yo, lo decía Nietzsche- reside en que uno ha de aprender a no responder inmediatamente a los impulsos o las agresiones. La incapacidad de oponer resistencia a un impulso es, en sí, una enfermedad, un declive, un síntoma de agotamiento. Ya sea por la dinámica social que nos arrastra, o porque estamos hartos de que nos tomen por tontos, la hiperactividad se ha convertido en una tapadera para lo que realmente nos pasa: hiperpasividad, la forma de no reflexionar, de no tomar decisiones (las decisiones siembre exigen tiempo) y, en definitiva, de no ser libres. La rabia nos roba la libertad.

Hace no tanto, los gobiernos disponían de cien días para actuar antes de que se discutieran las primeras conclusiones. Hoy nos permitimos el lujo de sentirnos decepcionados e iracundos con gobiernos seis días –literalmente- después de sus investiduras. Los mejores periodistas son los que despedazan al recién llegado.

Hoy me parece que el desafío está en dar un paso atrás. Que la libertad está en dar un paso atrás. Vencer nuestra hiperpasividad iracunda ejerciendo la prudencia que nos permita incluso entender los errores de los demás y reconocerles la posibilidad de darse cuenta y rectificar. Dar un paso atrás para perdonar, que nuestra última palabra no sea la primera. Sólo los más libres perdonan, sólo los más valientes.

Los que estén dispuestos, que den un paso atrás.
  

domingo, 13 de abril de 2014

Qué suerte es poder tener
un cortijo con parrales 
pan, aceite, carne y luz, 
y medio millón de reales. 
Y una mujer como tú. 

Éste es el ideal de vida de todo andaluz pobre y menesteroso y éste ha sido, naturalmente, mi propio ideal. Diez años de torero habían hecho el milagro de poner al alcance de mi mano la felicidad, tal como los hombres de mi raza la conciben. Quise ser como los ricos de mi tierra, labrador y casinista, señorito en el campo y hombre de pueblo en la ciudad.

Juan Belmonte

viernes, 21 de marzo de 2014

E[u]logio de un caballero


Este jueves 20 de marzo perdimos a un buen hombre. Parece mentira, o un sueño, que nos arrancara la primavera de esta forma. De buena mañana, como una terrible noticia, comenzó a extenderse a través de mensajes. Primero de extrañeza, después de dolor. Eulogio, el tío Eulogio, había fallecido.

Los viernes, paella.
Para la mayoría de nosotros, la vida adulta comenzó cuando escapábamos, cada viernes, de la última clase del instituto para ir a un pequeño bar de la calle Montes a comer paella con un botellín de Cruzcampo. Sucedió a muchas generaciones, todos con catorce o quince años. Algún amigo, generalmente de más edad, nos llevaba a ese bar que había conocido a través de otro amigo, de un tío o de su padre. Así sucedió siempre en el Eulogio, que unos recibíamos el secreto de otros y lo comunicábamos a los siguientes.

Un caballero.
Para Eulogio daba igual que fuéramos apenas adolescentes. Siempre era exquisito en el trato. Era un caballero, y te hacía sentir como tal. Por eso todo el mundo volvía, tantas veces. Porque, en el Eulogio, nadie era juzgado, ni por joven, ni por pobre o rico, ni por nada. Allí se encontraban, compartiendo barra y altramuces, decenas de chavales cubata en mano, señores mayores ya jubilados, obreros recién salidos del trabajo, familias sentadas en las mesas bajas, junto a la tele, esperando pacientemente las tapitas de Eulogio para cenar.

Pa(z)iencia.
Cenar con Eulogio era armarse de paciencia. Él administraba la dimensión de su plancha para que todo el mundo fuera recibiendo remesas de serranitos, salmón con queso fresco o champiñones plancha. Pero sin prisas.
Eulogio no estaba para prisas. Y allí todos lo sabían. Porque él cocinaba, él limpiaba las mesas y fregaba los cacharros. Él servía las copas.
Cuando le faltaban manos, ordenaba que cada uno se sirviera libremente. Igual los cacahuetes, que la ginebra. Porque aquello era nuestra casa. Tantas veces no quisimos irnos. Tantas veces Eulogio no quería que nos fuéramos.
Nos quedábamos para charlar. No importaba la bulla. él siempre tuvo tiempo, aunque Eulogio gustaba más de preguntar que de responder. Tuvimos conversaciones íntimas, donde su interés era sincero y profundo. Hicimos bromas –y muchas-, con las que reía constantemente, siempre desde el fondo de la barra, cargado de prudencia y bonhomía. Esa risa: jo, jo, jo, medicinal, llena de paz. Cómo olvidarla. Y tuvimos conversaciones interesantes, donde sus preguntas eran agudas. Llenas de matices. Porque Eulogio fue, sin duda, un moderno.

Un moderno.
Ese tipo menudo sabía de la vida. No importa cuánto quisiera ocultar sus conocimientos de cine, música o arte. Aquel bar suyo, templo de tradición, con su cartel giratorio y luminoso que anunciaba el menú y las paredes llenas de retratos de artistas y fotos de París era demasiado hermoso y demasiado chivato del vanguardista que escondía tras la barra. Su coche en la puerta, sus paseos en bici para hacer la compra e ir al campo, sus chanclas de cuero, sus colgantes y pulseras.
Cuando le daba la gana, se largaba con sus amigos a Madrid, una o dos semanas. Se iba a las tascas de los barrios del centro y a las grandes discotecas, donde la música electrónica ensalzaba su modernidad desmesurada.

Detrás la barra, apoyado.
Luego regresaba a casa, con su madre, su hermana, su cuñado y sus sobrinos, herederos de su genio. Como él lo heredó –alguna vez nos contó- también de su tío Eulogio.
Ahora ha dejado huérfana a Ronda de su arrolladora y prudente modernidad y, sobre todo, de su inmenso corazón. Pero siempre estará, de algún modo, dentro de la barra, echado hacia detrás, como él se solía ponerse. Escuchando atentamente, con una copita de ballantines y el mismo amor a nuestras confesiones, bromas y estupideces.
Allí llegamos como niños. Si nos hicimos personas adultas en ese templo de modernidad, quién lo sabe. Él nos trató como hombres, y fue el primero en hacerlo. 
Esos mismos hombres que hoy te lloran como niños, te despiden.
Hasta siempre, tío Eulogio. 



domingo, 9 de marzo de 2014

El gurú de tuiter que habló sobre el futuro


Construye tu profesión, será tu forma de existir en el mundo.

A los 16 años, te preguntarás si tiene sentido seguir estudiando. Si hacer el bachillerato de sociales, el de ciencias o el tecnológico. Dos años después, con dieciocho, tienes el bolígrafo en la mano y no sabes qué carreras marcar en las solicitudes para la universidad. Probablemente pasarás tus años de universitaria sin pena ni gloria, con grandes maratones estudiando con los apuntes de otro que sí asistió a clase, pensando en terminar los exámenes para volver a casa, o para ir de interrail con los amigos.
En alguna pausa del estudio, cuando más aburrida estás, lees que algún gurú del tuiter afirma que las profesiones más importantes de los próximos años aún no existen.
Y te preguntas qué leches haces estudiando arquitectura, si no se construye, traducción, si no se traduce, derecho, si el mundo está torcido, periodismo, si ya no hay nada que contar, ni nadie a quien le interese.
Tus padres, esos que tanto te quieren pero no entienden nada, te piden que estudies, que te resignes, que hagas una oposición, que curres en la empresa de la familia, que más vale pájaro en mano.
Y tú, ¿qué debes hacer?
Hazles caso. Sigue estudiando. Sigue con esos libros que ni siquiera encuentras en Amazon, llenos de historias anacrónicas, que te hablan de mundos superados por la tecnología, que probablemente jamás te servirán para nada. Esos libros que te harán sufrir para un examen y los olvidarás para siempre. Haz todos esos exámenes. Nunca abandones, termina tu carrera.
Después de eso, podrás trabajar. No te pagarán mucho. Te harán madrugar a veces. Te putearán otras veces. Llenarás papeles, hojas de cálculo, notas que resuman reuniones en las que no te dejarán participar. Escucharas miles de tonterías. A veces –las menos- te verás a ti mismo haciendo trabajos que te diviertan, dando la respuesta correcta, innovando.
Te parecerá increíble, pero irás ganando un hueco en las conversaciones. Tú jefe te escuchará. Y, si no lo hace, piensa que quizá será el momento para cambiar de aire, hacer otras entrevistas de trabajo. O para hacer el master en el extranjero que tanto te atraiga.
Y después del master, o del nuevo trabajo, llegará un punto en el que tendrás treinta años y un master. Pero no tendrás trabajo, ni te podrás sentir realizada. No te preocupes. Aún entonces, serás demasiado joven para casi cualquier cosa. Pero te sugiero que hagas una cosa: sigue observando el mundo en el que vives. Sigue  leyendo los libros inútiles e incomprensibles necesarios para tu profesión. A lo mejor cuando los leas son un poco menos absurdos. Hazlo también.
Con el tiempo, créeme, un día te tocará estar en la posición del jefe. Quizá habrás tenido que marcharte a un lugar donde tú seas la única jefa, la única empleada, la única "todo".
Ese día, vendrán a tu mente las maratones de estudio en la universidad, los años de curro sin sentido, los informes de reuniones, el máster que no te proporcionó el trabajo que creías y te verás resolviendo los inabarcables problemas de la vida cotidiana: Bienvenida a la primera línea de combate. Nunca darás la respuesta correcta, porque habrás zarpado para siempre del mundo de las respuestas.
Tu única arma será tu profesión. Esa forma única de entender el mundo que habrás construido a lo largo y ancho de las muchas asignaturas inútiles de la carrera, de las burocracias estúpidas y los jefes a los que no puedes mandar a paseo, simplemente porque son el jefe.
Deberás ser muy paciente. Estarás cinco, diez, quince años pensando que no entiendes nada, que nunca serás una buena profesional. Pero poco a poco verás la luz. Entenderás las razones por las que otros hombres y otras mujeres actuaron antes que tú. Mucho antes que tú. Comprenderás por qué decidieron crear un museo en alguna zona del país. Por qué se construían las casas de una determinada manera, por qué se trazaban los puentes para atravesar los precipicios por un determinado lugar. 
Será tu momento. Podrás innovar, ser crítica, innovadora, rompedora. 
Entonces verás que, por cada cosa nueva que aprendas, habrá cien que ignorabas. Resuelves un problema y nacen tres nuevos.
Quizá ese día, te sientas un poco arquitecta, o médico, o traductora. Quince años después, estarás ahí. Delante del mundo.

De entre todas las personas que pasen por tu vida, habrá unos pocos a quienes algún gurú del tuiter les dirá: “tú has creado una nueva profesión, eres un pionero”.
Si ése es tu caso, si eres una de las personas llamadas a cambiar el mundo, te sugiero que les digas: “yo sólo soy una profesional más, que trata de aprender cada día, de los infinitos problemas que nos plantea la vida”. Pero si no lo eres –y lo más probable es que no lo seas- probablemente te dirás a ti misma “bueno, yo sólo soy una profesional más, que trata de aprender cada día, de los infinitos problemas que nos plantea la vida”.
En ambos casos, habrás disfrutado el camino.

La humildad, tu zona de confort
Como ves, la vida es un proceso constante de construcción de tu hueco vital. Hay unos vídeos de internet que llaman a este hueco la “zona de confort”. Esa zona de confort es el espacio que uno controla, donde se siente cómodo. La familia, el barrio, los amigos de toda la vida, el trabajo de toda la vida. Se supone que vivir en esa zona toda la vida nos hace estancarnos. Se supone que la felicidad real sólo se puede alcanzar al salir de esa zona de comodidad.
Eso no es del todo cierto. Es la zona de confort la que nos permite relajarnos. Liberarnos de la mínima necesidad de impresionar, de aparentar, de evolucionar, de crecer o de perdurar. La zona de confort es absoluta y superior a cualquier individuo: ahí no podemos impresionar, ni pontificar, no podemos dar lecciones a nadie. No hay un auditorio esperándonos. Sólo están los amigos y la familia, quienes conocen nuestras miserias y las aceptan. En la zona de confort no nos queda más remedio que ser humildes.
Pero ésa es una gran noticia, porque sólo de la humildad nacen la creatividad, la inspiración y la transgresión. La vida debe ser, por tanto, una búsqueda constante de la humildad y el confort. De lo que se trata es de que la zona de confort sea sólida, rica y basada en principios y valores, no en objetos. Un estado mental.
El viento de los problemas y las desgracias es capaz de arrancar cualquier confort material. Como en los tres cerditos. Sólo la paz emocional nos permite permanecer. Ningún material de construcción es tan resistente, tan fresquito en verano y calentito en invierno como la humildad.
Por eso no debes desterrar la idea de buscar una zona de confort donde instalarte a vivir. Los consejos de quienes nos describen el camino hacia la felicidad como un tránsito por lo inexplorado –como si todos tuviéramos que ser John Rambo- ofrecen una visión parcial e incompleta de la película. John Rambo hubo uno. La mayoría de los demás, no necesitamos y, hasta cierto punto, no podemos vivir “día a día”.
El ser humano necesita un hogar para ser libre. Un lugar, quizá pequeño, para mirar el universo. Procura labrar con tus manos –y con tu mente- esa zona de confort. Llénala de valores. Que no tenga muchos pisos, que sea más bien bajita, de la altura de la humildad. Resistirá los vientos y los terremotos.

Ya lo decía mi madre
La mayor parte de nosotros nunca llegaremos a salir de la zona de confort. Que eso no te preocupe. Ser normal, lejos de ser un contratiempo, es algo maravilloso. Recorre tu camino con honestidad. No pretendas engañar, ni humillar a nadie. Acepta que muchos problemas en esta vida no tienen solución. Y muchos de los que se resuelven, vuelven -una y otra y otra vez- a plantearse delante de tu nariz. Esa es la verdadera modernidad.
¡Ja! Un día descubrirás que todo eso ya te lo decían tus padres. Que tus padres, esos que no entendían nada, encerraban toda la sabiduría y la modernidad. Ese día querrás darles las gracias a tus padres y contárselo a tus hijos.
Y lo más parecido a la felicidad será tener la oportunidad de hacerlo.  



Ten siempre a Itaca en tu mente. 

Llegar allí es tu destino. 

Mas no apresures nunca el viaje. 

Mejor que dure muchos años 

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado. 

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Itacas.
- Itaca, Cavafis.

viernes, 6 de septiembre de 2013

“Es necesario no confundir el futuro de Ronda con el de los rondeños" , Proust en Carlos Espinosa de los Monteros



Carlos Espinosa de los Monteros, por Eva Garrido

 
Se trata de un hombre que llegó a Ronda por primera vez a los 23 años, invitado por un amigo rondeño a quien había conocido mientras realizaba el servicio militar. De aquella primera visita recuerda cómo, nada más bajar del tren, se sintió abrumado por el profundo atraso de la zona. Recuerda haber llegado a una Andalucía donde, el aspecto de las gentes, de las calles y los edificios estaba anclado en la guerra civil.

Carlos acostumbraba a viajar al norte de España, donde el turismo incipiente empezaba a excitar las inquietudes de las gentes. Todos querían parecerse a los europeos, admirados por su progreso industrial. Esta voluntad de realizarse iba impregnando los edificios, las carreteras, incluso las maneras de la gente, hasta cambiar absolutamente el paisaje.
Pero Carlos no vio ese tipo de contagio el día que llegó a Ronda y puso el pie en Andalucía. A su juicio faltaba la ambición, entendida como sentimiento de emulación que sí existía en el norte. Las ganas de subir.
De ambición precisamente, puede hablar Carlos Espinosa de los Monteros (Madrid, 1944). Hoy es el Alto Comisionado para la Marca España y consejero de Inditex. A lo largo de su carrera fue presidente de Mercedes Benz y de Iberia, la compañía aérea. Presidente del Círculo de Empresarios, del Club Empresarial de ICADE y del Centro Rey Juan Carlos de la Universidad de Nueva York. Una ambición empresarial, pero también viajera y cosmopolita. Cuando terminó la universidad en Madrid voló a Chicago para estudiar en la universidad de Northwestern. Aunque hoy mucha gente considera necesario estudiar un master en el extranjero y dominar el inglés, en la España de los años sesenta poca gente se atrevía a salir de nuestro país. Y mucha menos gente valoraba positivamente a aquéllos que lo habían hecho. Chicago ya era entonces la cuna del liberalismo radical americano. La fuerza con la que crecían aquellas ideas era tal, que pronto se extenderían por medio mundo y era importante conocerlas en profundidad. Carlos lo sabía y, quizá por eso, ganó su oposición a técnico comercial en España y regresó a Chicago cuando ya era padre de un hijo, como agregado comercial del consulado español.
Y mientras todo aquello sucedía, en todos esos años, Carlos nunca dejó de regresar a Ronda, con una especie de amor doliente por la ciudad donde es maestrante -el segundo comisario de clarines de la Junta de Gobierno de la Maestranza de Ronda-.

Siempre en ese tren que le devolvía al pasado, visitó Ronda para una reunión de la Real Maestranza. En la estación de tren le recogimos, para charlar de Ronda, la juventud y el sentido de las cosas.

Lo peor que le ha pasado a Ronda en cincuenta años fue perder la Caja de Ahorros
Se trataba de un encuentro para hablar de progreso pero, cómo no empezar por aquella sensación de atraso que Carlos tuvo en su juventud y de cuánto de aquello no habría cambiado aún. Quizá, como rondeños, deberíamos habernos ofendido, pero sólo era la observación sincera y acreditada de un hombre enamorado de Ronda.
Empezamos por ahí. Carlos describió el atraso como la consecuencia de una profunda falta de cultura. Falta de cultura y de información que se quedaba al alcance de pocos, mientras toda la población vivía al margen de las inquietudes y las ambiciones de una élite mínima. Para él, no era cuestión de lo trabajador que fuera el pueblo andaluz, ni de que nos faltara ambición, sino el fruto de haber cultivado durante siglos un sistema distinto de valores. Un sistema que antepone un sentido de convivencia comunitaria sobre cualquier los principios de crecimiento individual o de progreso como grupo.
A nosotros, esta idea nos recuerda mucho a los grandes rasgos culturales de lo andaluz. La intensidad de la familia, lo litúrgico de las matanzas en los cortijos, nuestro folclor, el Flamenco y la Semana Santa.
Como para que le entendamos mejor, Carlos reflexiona un instante y nos ofrece un caso mucho más apegado a su experiencia en el mundo de la empresa, el de D. Juan de la Rosa. Para Carlos, aquél hubiera podido ser el hombre que aupara a una élite económica rondeña para que se convirtieran en motores individuales de generación de riqueza y competitividad, crecimiento para toda la región. Juan de la Rosa había desarrollado una extraordinaria estructura, a la altura de las Cajas de Ahorro de Barcelona o Madrid. Pero ésa no era su prioridad. A Juan de la Rosa le importaban mucho más los bloques de viviendas dignas y humildes para toda la población de Ronda, o que casi todo el mundo tuviera un trabajo en el entorno de la Caja. Que se hicieran residencias para las vacaciones de los niños y los ancianos. Sufragaba cuantos eventos vecinales se organizaran en las barriadas, pero simplemente no le interesaba ser la incubadora del próximo Amancio Ortega.
El nacimiento de Unicaja –nos dice- fue en cierto modo un cambio de filosofía, como la pérdida de un padre. Paradójicamente, podría haber provocado la integración de Ronda en la economía competitiva, pero la Caja emigró a Málaga y en Ronda no quedó un banco, sino un sistema de subsidios y de patrocinio de eventos. Ahí Ronda quedó atascada en una concepción patrimonial del desarrollo. Con ésa pérdida, Ronda sufrió la mayor pérdida en cincuenta años.  

Hay un futuro para Ronda pero quizá no haya un futuro para los rondeños

Impresiona el planteamiento de la pérdida y le preguntamos si, desde entonces, Ronda se hubiera quedado sin futuro. Para nada -nos aclara-, Ronda es un lugar equipado, por historia y naturaleza, para enamorar a los visitantes. Su ubicación geográfica, las imponentes vistas, las casas señoriales, el respeto que experimentan los visitantes al asomarse a su garganta y a su historia. Su gastronomía, su vino.
Al abrigo de todo ello, y con una gestión adecuada, deberán florecer las industrias del bienestar y el turismo. Pero en un mundo globalizado, no tiene sentido pretender retener en Ronda a los rondeños con cualidades para profundizar en las ciencias, la tecnología o las telecomunicaciones, porque esos otros polos donde florecen esas artes ya existen en otros lugares del mundo.
Ronda podría luchar, no obstante, por atraer a esos otros que contribuyan con sus ideas a que la ciudad soñada lo fuera cada día más e hiciera soñar a cada visitante. Y que cada visitante regresara siempre una vez más. “Pero no confundamos – afirma para concluir su respuesta- el futuro de Ronda con el de los rondeños”.

Nuestra juventud más educada, no la más preparada

Así llegamos a discutir sobre los jóvenes. Los de Ronda, que habrán de ir por el mundo y los de cualquier otro lugar, a quienes Ronda abre sus puertas para que nos contagien con sus ideas y su trabajo. Se habla mucho de que nos encontramos ante la generación más preparada de nuestra historia y Carlos disiente. En su opinión, no cabe duda de que se trata de la generación que mejor educación ha recibido y, precisamente, ahí se encuentra el problema: en que todo ha sido recibido. Todo les ha venido dado: la estabilidad, la alimentación, la tecnología, la educación, incluso el dinero para los caprichos. Es una generación que ni siquiera ha necesitado usar la imaginación. Mientras –lamenta Carlos- valores como la disciplina, la austeridad, el patriotismo o la capacidad para valorar el coste de lo material se han diluido hasta perder relevancia. Hemos perdido disciplina e imaginación, probablemente sin que ello sea culpa de nadie. Ha sido el sino de los tiempos, que nos ha ido atrofiando los sentidos desde el día en que creímos haber cumplido con la historia. Ahora nos tocará revertir. Para Carlos, la creciente necesidad de emigrar a otros países –que ha sido la regla a lo largo de toda la historia de España- quizá vuelva a despertar en la juventud la perentoria sensación de estar en deuda con nuestra tierra y nos impulse, con disciplina, a regresar y trabajar por ella.

Puede que a Ronda le toque ahora desconfiar de la memoria de su propia imagen, nacida de sus sentidos, un poco acomodados, un poco atrofiados. Para Marcel Proust, nada verdadero podía encontrarse ni en la memoria, ni en la realidad de los sentidos. 

Hay algo que, siendo común al pasado y al presente, es mucho más esencial que ellos dos, mi imaginación. Tantas veces la realidad me había decepcionado, porque en el momento en que la percibía mi imaginación, que era mi único órgano para gozar de la belleza, no podía aplicarse a ella, en virtud de la ley inevitable según la cual sólo podemos imaginar lo que está ausente. El presente, había sumado a los sueños de la imaginación aquello de lo que suelen estar desprovistos, la idea de existencia
  
Han volado las horas y a Carlos le esperan para almorzar. Nos despedimos de este hombre preclaro con la sensación de encontrar las claves en la disciplina, la imaginación y un cierto patriotismo. La voluntad de proyectarse sobre los sueños, sin importar que apenas nunca hayan existido. Imaginación para desprendernos de las rémoras de un pasado cargado de atraso y, construir, pieza sobre pieza, la ciudad de los sueños de Rilke. Y la disciplina para hacerlo.