jueves, 21 de junio de 2012

El precio de ser tontos


Entiendo que todos los maestros y profesores de primaria, secundaria y educación especial tengan una queja amarga con los cambios (los recortes) de los salarios y los recursos destinados a la educación pública. No sé quién puede pensar en que desabastecer la educación básica puede ser un ahorro en ningún sentido.  Hay una frase de Derek Bok que me produce algo de gracia y mucho de emoción: “si el conocimiento les parece caro, prueben con la ignorancia”, que lo tiene absolutamente todo de cierto. Si el coste de formar ciudadanos es elevado, ¿cuál es el coste de no formarlos? Para empezar, peores líderes políticos, a quienes se les exige menos, se les cree más y se les perdona casi todo. Cuando los ciudadanos no saben por qué eligen a sus gobernantes, ni saben los errores que se cometieron en el pasado es mucho más fácil que aquellos errores se repitan. Y que se cometan otros nuevos y más absurdos.
Cuando no hay ciudadanos formados, todas las instituciones tienen peor calidad. La justicia, la administración, los cuerpos de seguridad, se van poco a poco llenando de sujetos cuya ambición es mayor que sus principios éticos. Si no hay una sociedad civil emancipada de las estructuras, controlándoles porque sí, porque el poder pertenece al pueblo (no porque un juez vigile, lo haga la policía o los canales de televisión), las vidas de todos no sólo son peores, sino que son más caras.
En ausencia de ciudadanos formados, independientes y libres, la sanidad es un despilfarro de entrega indiscriminada de recetas, las obras públicas una ruina e incluso el cine, el teatro y la música son un desastre económico por falta de ideas (no por falta de medios).
Sin educación, no sólo no seremos líderes en la vacuna frente al VIH, ni el próximo gurú del nuevo Facebook será español, tendremos que echar el candado a las cuevas de Altamira o nos olvidaremos para siempre de quién fue el célebre guerrero andalusí Ben Hafsun. También seremos peores padres –y no digamos peores hijos-, amigos intolerantes, discutidores cerriles, conductores violentos y mucho, mucho menos felices.
Ya está bien de preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí, porque la respuesta es bastante clara. Todos dejamos pasar de largo la situación, fuimos indolentes con quienes nos robaron y seguimos riendo la picaresca. Desde la del vecino a la del ministro.
De acuerdo. Hemos de pensar en cómo salir y cuándo saldremos. Exijámonos y exijamos responsabilidad.
Exijámonos trabajar más y hacerlo mejor. Los jueces juzgar más y más rápido, los médicos, los dueños de comercio, los funcionarios. Exijámonos hacerlo con alegría, fieles a nuestro carácter y nuestra historia. Ayudemos al vecino a levantarse. Leamos más, conversemos más, ocultemos menos.
Y entonces, exijamos Responsabilidad. Del alcalde que robó, del vecino que estafó, del compañero de trabajo que llega tarde a la oficina, se pasa una hora desayunando y siempre se marcha el primero. De los líderes y liberados sindicales. Bastará con que no nos olvidemos de los problemas cada dos semanas (¿quién se acuerda ya de Urdangarín?).
Que nuestro rencor nunca sea más largo que nuestra memoria. Que no se nos olvide perdonar. También a los corruptos, a los de otras comunidades autónomas, a aquel funcionario tan insoportable.
Seamos educados. O no iremos a ninguna parte

domingo, 13 de mayo de 2012

Del cerdo hasta los andares


Oye, ahora que parece que todo en España es malo y nada tiene remedio, merece la pena que pongamos las cosas un poco en su sitio. De este país no se para de hablar de su tasa de paro, de la burbuja de la construcción, de la corrupción política y la dictadura de los banqueros sin escrúpulos. Se habla de que se está desmembrando el estado del bienestar, de la sanidad pública, las pensiones, las becas para estudiantes. Y aquí me encuentro, en la Puerta del Sol, a 12 de mayo de 2012, y parece que hasta nosotros nos lo hemos creído:
Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, derrochando la riqueza que generábamos porque nos hemos aprovechado de las pobres gentes del tercer mundo. Nos hemos comportado como nuevos ricos, como un Rey Midas que convertía en oro todo lo que tocaba y ahora sólo podemos lamentarnos. Nos acompañan en esta sentencia definitiva otros pocos vecinos europeos, a quienes se les señala con el dedo: derrochadores, corruptos, culpables de imprevisión, evasión de impuestos, desempleo y dinero negro. Portugal, Irlanda e Italia, Grecia y España: “P.I.G.S”, cerdos. Los países cerdos.
En las columnas de opinión de los grandes diarios económicos, el Financial Times o el Wall Street Journal, se habla abiertamente y sin rubor del ocaso de esta vieja Europa, que sucumbe a los pies de los “BRICS”: el conjunto de países formado por Brasil, India, China y Sudáfrica. Esos son los países que crecen, los dinámicos y florecientes. En ellos está el futuro, en nosotros, como mucho, el pasado. En las escuelas de negocios de las grandes universidades extranjeras sólo interesan sus modelos de negocio, sus bancos, sus cifras de crecimiento. Todo el mundo quiere comprar allí, vender allí, fabricar allí.
Bueno. Pues es mentira.
No pienso hacer un elogio del pasado de Europa. No hablaremos del nacimiento de la política, la democracia, los derechos humanos, económicos y sociales, las constituciones o la ecología.  Todo eso pasó y es cierto que también provocamos varias guerras mundiales, sangrías en nombre de Dios y la civilización y arruinamos esta tierra con nuestra irresponsabilidad contaminadora.
Me limitaré a discutir los modelos de cohesión social de unos y otros a día de hoy. Basta de mentiras basadas en la cifra de crecimiento y del producto interior bruto. ¿cómo están creciendo en China, Rusia y la India? ¿de quién es ese crecimiento? Más allá del paradigma de que en estos países los ricos son cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres, la evidencia más demoledora es la imagen de lo cotidiano. Junto a sus grandes estadios para eventos deportivos, sus centros de negocios con rascacielos que surgen de la noche a la mañana y sus inmensos aeropuertos, nos encontramos unos países sin aceras ni alcantarillado. El transporte público, cuando lo hay, es contaminante y obsoleto. Las grandes universidades y los hospitales son privados, exclusivamente por y para ricos. El resto de la población les contempla sin mucha queja porque nunca han aspirado a mucho más.  Su deseo es una vida un poco más digna, les han enseñado que con eso debe bastarles.
¿Y en los cerdos, qué? Aún con nuestras miserias, que son muchas, hace ya tiempo que entendimos que en verdad todas las personas somos iguales en dignidad y que, por tanto, ninguna discriminación cabe por raza, religión, sexo u orientación sexual. Tampoco por no tener dinero para pagar un seguro privado o un colegio concertado. No hemos conseguido alcanzar ese ideal, pero seguimos luchando por él.
No hace tanto, España, Portugal y Grecia padecían bajo regímenes dictatoriales.  Hoy en la calle se discute de política, de corrupción, de banqueros, desempleo o deuda externa. Ahora no estamos creciendo, ni es nuestro mejor momento, sin duda. Pero no estamos dispuestos a renunciar a un punto de partida inalienable: la igual dignidad de todos los seres humanos y el derecho, de todos, a una vida digna, sostenible y en paz con la naturaleza.
No todos los modelos de crecimiento pueden presumir de lo mismo.
Y, si somos cerdos, vale. Pues yo, del cerdo, hasta los andares.
Que quede claro.

jueves, 23 de febrero de 2012

La cagada


Los más mayores probablemente se acuerden de aquel balón que llegó en el centro del área a los pies de Cardeñosa. Frente a él, la portería de la selección de Brasil completamente  vacía. Burlado el portero con un cabezazo de Santillana, un minúsculo defensa se interponía entre Cardeñosa y la historia del fútbol. Como tenía el pelo espigado y cara de listillo, todos esperaban que supiera aprovechar la enorme portería. El gol habría eliminado a Brasil y catapultado a España. Pero falló. No sólo eso, la cagó. De una forma que no se ha olvidado, hasta tal punto que a ese error se le conoce como el “Gol de Cardeñosa”.
No mucho después, la Selección de España llegaba a la Eurocopa de Francia de 1984 un poco desorientada. Un par de años antes, en 1982, se había celebrado en nuestro país el campeonato mundial con solemne ridículo de nuestro equipo. Por eso esta vez no había muchas expectativas. Sin embargo, se consiguió llegar hasta la final. Y muy al final de ese partido, una falta chutada por Platini, blandita para el portero, se escurrió inexplicablemente de las manos de Arconada. Gol. Desde aquel día, en Francia, cuando alguien la caga de manera considerable, se le llama faire l’Arconada.
Cómo se irían a la cama aquel día los dos, señalados por todo un país, objeto de mofa para el resto del mundo.
El deporte sirve como una pizarra donde explicar cómo sucede casi todo en esta vida. Un espejo verde que refleja la diferencia entre la victoria y la derrota. Y entre la derrota y la cagada, entre el dolor y el ridículo. Cuántos deportistas no han lanzado fuera del aro en el último segundo.
En la vida sucede que uno la caga a menudo. En el trabajo, con la familia, con los amigos. Es una sensación descorazonadora que comienza con un tímido sudor frío. Algo que parecía controlado comienza a torcerse y, antes de que uno se dé cuenta, un temblor en las piernas, una ansiedad provocada por el sentimiento de culpa: “debí estudiar más, trabajar mejor, decirle que la quería”, la boca seca y sin palabras para pedir disculpas.
Me pregunto si todo eso sirve para algo. El error es, sin duda, el motor del progreso. Sólo de la equivocación nace el propósito de enmienda, los experimentos, la cooperación para superar las dificultades. Es motivador ver cómo el cervatillo Bambi cae varias veces al suelo antes de tenerse sobre sus trémulas patitas. Eso es cierto. Pero, ¿y de las cagadas? De las profundas, sonrojantes, solemnes e hilarantes estupideces sin moraleja, ¿aprendemos algo?
Demasiadas veces todo sale tan mal y el resultado es tan grotesco, que tendemos a culpar al destino, a los otros o a la suerte de lo que nos ha pasado. Otras veces nos hundimos en nuestro propio sentimiento de culpa tan hondo que nadie pueda hacernos caer más. Y ahí nos quedamos, para siempre, cómodos en nuestra miseria. Creemos que sólo desgarrándonos a nosotros mismos podremos recuperar la dignidad en el salón de casa y ante nuestra familia.
Aunque pueda parecer una defensa útil para sobrevivir, nada de esto es cierto, más allá de que alguien merezca una disculpa y procuremos no repetir nuestra jugarreta demasiado a menudo.
En aquella Eurocopa del ’84, Arconada salvó a España con paradas a bocajarro partido tras partido. Y aunque en la vida, como en el deporte, se nos recuerde por nuestros peores fallos, no hay nadie que sea sólo cagadas. Incluso si así fuera, también ésas son parte de nosotros, del pequeño monigote que nos habita y no es bueno ni malo, pero que sí nos hace reírnos de aquel día cuando, con todo de cara para el éxito, en vez de chutar a gol, cual zapatones mandamos la pelota a las nubes. La volvimos a liar.
Se trata de aceptar que somos vulnerables, torpes y casi siempre confiamos demasiado en la suerte. No nos hagamos sangre.
Y por favor, un día con los amigos, contémoslo en el bar.

jueves, 9 de febrero de 2012

Entre Gila y Clint Eastwood



Que Clint Eastwood es un señor con mucho talento es una obviedad. Sin embargo, creo yo que si el célebre actor y director hubiera nacido en Cuenca en vez de en California, otro gallo le hubiera cantado. En España, un tío con esa cara, gesto torcido, matón, condescendiente y antipático es un concepto que no se comprende, que no tiene venta. Y eso no es bueno, ni malo. Es más bien una cuestión cultural. Aquí, hasta Paco Rabal, con su nariz quebrada en una trifulca de juventud, su mirada mohína y profunda y sus manos callosas, tenía su vis cómica, su perfil de chufla.
Es, insisto, una cuestión cultural.
Por esa misma razón, un artista amanerado y bizarro, un inadaptado, llega a ser un venerado mito en Estados Unidos, al que generaciones enteras adoran, mientras que en este país nuestro se le consideraría un loco, un demente trastornado por el levante, un majareta. Y no digo que Warhol fuera un ejemplo de lo primero, ni el Pozí ejemplo de lo segundo, sino que el ámbito de lo cultural lo moldea y lo comprende todo, porque está ligado al universo que en cada país se representa, en cada tierra, se traza como imaginario común.
Por eso no debe sorprendernos que problemas similares, e incluso el mismo problema, en ambos países den lugar a consecuencias completamente distintas. Son, simplemente, respuestas “culturales”.
Eso es lo que pasa con la crisis, por ejemplo. Llevamos casi tres años hablando de ella en todo el mundo, como si fuera una y la misma cosa en todas partes. En parte, es cierto. Espero que nadie se crea que hay muchas diferencias entre las causas del problema que sufre Estados Unidos y las del que padecemos en España. Bien que aquí la tasa de paro es muy elevada y existe una economía sumergida superlativa, mientras que allí ha quebrado el sistema financiero y la deuda exterior es simplemente insostenible. Pero al final del cuento, en ambos países se padece un absoluto descrédito del sistema político, una crisis continuada del mercado inmobiliario y una irremediable sensación de que nos han estado robando todos aquellos que pidieron prestado a los bancos para invertir, se llenaron los bolsillos y dejaron tras de sí un reguero de empresas en quiebra. En fin, misma zorra con distinto collar.
Ahora bien, que la causa del problema sea la misma, ¿significa que la solución a ambas situaciones irá por el mismo camino? Yo creo que no.
En Estados Unidos, la película del resurgir deberá pasar por reflotar su industria. Dar un puñetazo en la mesa, apretar los dientes, producir más y competir más. Ganar las olimpiadas de Londres, hacer que Boeing facture más que Airbus. Como en las pelis de Spielberg, domar a los dinosaurios, matar al Terminator, salvar al soldado Ryan.
Claro, en España, la respuesta no puede ir ligada a un do de pecho. No va con nuestro carácter. Cuando quisimos adoptar el estilo chulesco nos dimos con la puerta en las narices: la Armada Invencible, la Guerra de Cuba y Filipinas, el desembarco de Annual. Nunca fue lo nuestro ir de chulitos por la vida, lo cual no significa que siempre nos fuera mal, ni mucho menos. La clave aquí es que nuestro estilo es otro: más sibilino y sutil. El primer ejército que venció a Napoleón fue el español, en una guerra librada con el tacto y el olfato, con la prudencia de conocer palmo a palmo la arcilla del terreno. De aguardar cobijado en el recodo del camino. De ser pícaro y esperar.
Conociendo nuestra historia, no pretendamos tener la claridad de enfoque de los alemanes, ni las ínfulas de los franceses, ni la determinación de los americanos. No es nuestro estilo.
Estos últimos días ha dado la vuelta al mundo un anuncio de televisión de la General Motors que se ha emitido en la final de la liga de fútbol americano. En él, Cint Eastwood anima a los americanos a derrochar fuerza y determinación para que el mundo les oiga, a luchar sin descanso y no caer en el primer asalto, hasta dominar el mundo. Conozco a mucha gente que se ha quejado de que en España no haya iniciativas de ese tipo.
Pero cuidado, porque ésa no es nuestra lucha. La nuestra quizá sea más la historia de un anuncio de salchichas Campofrío, ese anuncio que se extendió por Internet esta Navidad. Josema y Millán, Santiago Segura, Chiquito de la Calzada… una tropa de humoristas medio anticuados que se concitaban en un cementerio para reflexionar sobre el por qué de la risa como antídoto frente a la pena, frente a la pobreza de bolsillo y espíritu, la desgracia o la crisis.
Le preguntaban a Gila cómo se hace para vencer al enemigo. Y Gila respondía que al enemigo se le vencerá mañana, y que no ataque muy temprano, que estaremos comiendo churros.
Ambos anuncios son igualmente motivadores y llenos de significado. Que se queden los americanos con el far west, el gesto duro y la agresividad, que ya nosotros haremos un chiste. Y así seguir viviendo. 

jueves, 24 de noviembre de 2011

Se nos van las bonitas, las misteriosas, sorprendentes y divertidas intrigas para conquistar. Los capitanes de barco con el gorro de papel, los grandes personajes. Nos va quedando lo cotidiano. El qué haces. El cómo está tu madre. El si está lloviendo o el qué has comido hoy.

Lo cotidiano no es el torrente sigiloso de lo desconocido, no es abrir el sobre de estampitas de la Liga 90/91 para saber si saldrá el cromo que te falta. Pero es que eso, la sorpresa, los fuegos artificiales, el hombre orquesta y la supermodelo de revista; eso no es amar.

Amar es quita los pies de la mesa, que te lo he dicho mil veces. Es donde andas que he llegao a casa y no te he visto y me he preocupao. Es que te he comprado el jengibre porque te gusta o mira que te tengo dicho que la lila sólo se riega una vez por semana.

Para amarse, hay que caerse no del todo bien. Y gastarse un dineral en cromos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Madrid de frío, indiferencia y elecciones


Querido Jordi,
Los últimos días de noviembre son muy fríos en Nueva York. Hasta entonces, uno se atreve a cruzar el puente de Williamsburg camino de Brooklyn con la esperanza de pasar un momento agradable. Al alejarse, los edificios de Manhattan se empequeñecen y convierten en una postal de Woody Allen. Con suerte, algún barco de recogida de basuras navega bajo el puente alumbrando el río con sus luces tenues. Pero en estos días, ya casi acción de gracias, la brisilla marina se vuelve una corriente helada de pequeños cristales insolentes.
En Madrid también está haciendo mucho frío. Pero no es un frío otoñal de esos con el cielo azul que la villa se saca del bolsillo para que la gente pueda dejar el abrigo en casa al pasear por el Retiro. Éste es un frío apático, triste.
Me preguntabas por el ambiente de las elecciones en Madrid y yo no sé de qué elecciones me hablas. Me contabas que, en otros tiempos, Madrid se llenaba de proclamas políticas en los muros de los edificios obreros de los pueblos del cinturón sur cuando llegaban los comicios. Móstoles, Parla, Getafe, pueblos manchegos colonizados por trabajadores austeros, de provincias donde el frío les helaba los huesos y el calor les derretía las costumbres, llegados en busca de un poco de fortuna. En Madrid, esa fortuna se travestía de fábricas, empresarios del opus dei y mucha afición por el pelotazo. Esos trabajadores llenaban los muros con los carteles electorales que a sus anhelos daban voz, eran carteles a gritos. Madrid de felipismo, de Alfonso Guerra, de Nicolás Sartorius y Marcelino Camacho.
Me hablabas en tu carta de un Paseo de la Castellana engalanado con banderas verdes, rojas y azules, enseñas más de reinos rivales y distantes que de partidos políticos, de formas diferentes de entender el futuro de un país y, sobre todo, su pasado.
En cada estación de metro había una señora con un abrigo de lana hasta los tobillos y zapatos de tacón repartiendo pasquines ideológicos. Los entregaba entre los curiosos que se le acercaban y regresaba corriendo hasta su carrito de la compra, donde tenía un arsenal de octavillas. Durante la campaña electoral, su inofensivo carrito de tela para ir al mercado se convertía en un arma política, al servicio de la esperanza de los conservadores, los progresistas, el comunismo o la anarquía.
Me dices que la corrupción se llevó todo eso y llegaron los años en los que la villa sucumbió a una marea ruidosa de timoneles genoveses. Días en los que todo el monte se sembraba de orégano con la ayuda de las grúas del boom inmobiliario. Un país que navegaba sobre armatostes de acero que poco tardaron en hundirse. En hundirse bien hondo.
Cuentas que Madrid la conquistó después un grumete cándido e inexperto que se impuso a los endiosados almirantes de la calle Génova con su ceja arqueada. Corrían vientos de guerra en Iraq cuando un llanto ahogado en lluvia fina nos empapó a todos el corazón. Algo se llevaron aquellos terroristas en los trenes de Atocha y nunca volverá del todo.
Para unos, para otros o para todos, no fueron momentos fáciles. Fanatismo disfrazado de libertad muchas veces. Represión maquillada de orden tantas otras. Pero se luchaba. Estaba claro que se luchaba, ya fuera por el cambio o la permanencia, unos y otras levantaban sus voces en la calle, comentaban en los bares, alardeaban en el fútbol o cuchicheaban en la iglesia. Discutían.

Esta vez no hay elecciones. Yo no he visto nada de eso. Las calles están secuestradas por la deuda externa, el paro y la recesión. Los mercados financieros son campos de dormidera que nos tienen a todos colocados en nuestras casas, maniatados por nuestro miedo y rindiendo genuflexiones a ese dios menor que se ha aupado al Olimpo. El presidente actual del gobierno es un cadáver, un alma en pena. Se resigna a entregar el cetro de mando a su rival de la derecha, quien a su vez teme que le llegue la patata caliente demasiado tarde. El candidato sabe que no es un Rey Arturo ni sus colaboradores son los caballeros de la mesa redonda. Como en la fábula del traje nuevo del emperador, todos saben que al sucesor le están bordando un traje que no existe y saldrá a la calle en pelotas. Aún está por ver si el niño del 15-M alzará la voz para decir al pueblo la desnudez de sus políticos y descubrir para nosotros sus vergüenzas. Pero muy pocos confían.
Aquí no hay elecciones. Hay una misa de réquiem y un otoño frío.

Como casi cada día, hoy vi al alcalde de Madrid que temprano paseaba a su perrita en la plaza de Alonso Martínez. Ella correteaba entre los arbustos con la misma actitud de indiferencia hacia las elecciones que el resto de los transeúntes. Yo miraba a mi alrededor a este Madrid, tan civilizado como indolente ante su destino, y sólo podía recordar aquel otro viejo alcalde madrileño, Enrique Tierno Galván, gritando desde el escenario de un concierto en plena movida madrileña en el cercano Palacio de los Deportes: “¡Rockeros! Quien no se haya colocao, que se coloque… y al loro”. 
Si será por el frío que nos congela, porque todos estamos colocados o porque no lo está nadie, aquí no se sabe de elecciones. Y lo peor de todo, tampoco parece que nos importe.

viernes, 4 de noviembre de 2011

El Viajero


  Sube al tren con un maletín de los que regalan en los congresos de cirujanos. Lleva bajo el brazo una chaqueta estampada que quizá un día, hace años, fuera de su talla.  Hoy ha dado de sí, o él ha encogido, y la anchura excesiva de las hombreras le crea un gran vacío debajo de sus ropas que le hace parecer aún más enclenque, como un monigote. 
Intenta aupar su maletín a los compartimentos que hay sobre los asientos, pero ni su altura ni su avanzada edad lo permiten, así que le ayudo a colocarlo. El maletín está vacío.
En el trayecto, el viajero va ocupando lugares que no le corresponden y en cada parada le hacen levantarse para abandonarlos. La situación siempre es la misma. Alguien se le acerca con un billete en la mano y le pide que compruebe si ése es efectivamente su asiento. Él no niega ni afirma. Sólo mira hacia arriba con unos ojos de pena imposibles de leer, recoge la chaqueta que lleva doblada en su regazo y se levanta. Deambula unos segundos por el vagón y ocupa otro asiento, errabundo como decrépito.  Al poco rato, de nuevo alguien le reclama, y él se desplaza, autómata, para otra parte.
De salto en salto va a parar al asiento de mi derecha. Aunque nos separa el pasillo del vagón, su olor llega hasta mí sin dificultad. Huele mal. Huele a madrugón, brocha de afeitar, espuma Old Spice y aftershave. Se levantó sabiendo que viajaría y se arregló para tener buen aspecto, pero no se había duchado. El afeitado apurado hace que se le vean con nitidez las mejillas tirantes repletas de pequeños capilares de color entre lila y turquesa que le dan un tono rollizo a su aspecto. Para asegurar la tersura de sus mejillas, alguien le debe haber estado haciendo pliegues en la piel del rostro debajo de los ojos, recogiéndola a pellizcos, formando unas grandes bolsas.
No hay forma de ver qué hay en los ojos que se esconden debajo de las grandes bolsas. Los labios los tiene finos y marciales, la nariz quebrada y el mentón prominente y tembloroso. Desde su asiento mira –yo diría con atención- una comedia de amor francesa que nos ponen en las viejas televisiones del tren, mientras su mandíbula no para de estremecerse, de tiritar en un movimiento nervioso que sus manos repiten al compás.
Parece que las manos se las moviera una fuerza extraña. Aunque las deja caer anudadas y lánguidas sobre su vientre, ellas se agitan sin parar como con un vigor del que el resto del cuerpo carece. Son mano flacas y nervudas, pese a que están arrugadas como pasas. No son callosas ni están agrietadas. No da la impresión de que alguna vez fueran el instrumento de trabajo de este señor.
Lleva un chaleco de lana y así sentado parece que ocultara una gran barriga. Es de lana gruesa, azul marino con ribetes rojos, una prenda que no ha pasado de moda porque nunca llegó a estarlo.
Con el trajín del tren, de repente, se entrevén bajo el chaleco unos gruesos tirantes de la bandera de España para tenerse los pantalones. Te cuestionas entonces si su gesto austero y casi ausente, si sus manos nervudas y el crepitar de su mandíbula no son sino los jirones de un marido déspota, un padre de gobierno marcial, un aficionado a las partidas de dominó los fines de semana en algún club social con amigotes.
¿Quién es este señor decrépito y desorientado, que parece se fuera para siempre de algún lugar y no tuviera destino?
Quizá de lo que fue ya sólo queda un buen afeitado, un maletín vacío y unos tirantes con la bandera de España. Te preguntas si no estarás ante una biografía de rectitud que los años se han convertido en una caricatura de lo que él quiso ser.
A todos nos pasará lo mismo, que nos convertiremos en pequeños estribillos de nuestras manías a fuer de repetirlas cada mañana de nuestra vida, reduciéndonos hasta llegar al personaje patético en el que nunca querríamos habernos convertido. No sé.
Llegado el tren al destino en Madrid, alcancé su maletín al anciano, y él me devolvió un gesto que bien pudiera parecer de agradecimiento. “Por fin en casa – me dijo-. Salí esta mañana desde Madrid en el tren para Algeciras. Allí tengo una casa y fui para vaciar el buzón. La gente me lo pone lleno de porquería.” Le pregunté si no hubiera podido quedarse unos días en Algeciras, ahorrarse el cansancio de hacer seis horas en tren, abrir el buzón, y hacer otras seis horas de regreso.
“¿Y qué hago solo allí?” Me espetó con los ojos escondidos tras los pellizcos de piel.
Se puso la chaqueta, acomodó su maletín lleno de publicidad de supermercados de Algeciras bajo el brazo; y se largó a su casa.