miércoles, 9 de marzo de 2011

Osú cómo está el día. Menos mal que tendí dentro, porque la niña tiene que ponerse el chandal, que hoy tiene educación física. Cuesta arriba se me hacen los martes. ¡Andrea, vete levantando! Desde luego, cada vez amanezco más temprano, qué necesidad habrá. Bueno, así me puedo ir caminando a la oficina. A ver con quién me vuelvo luego para casa, que hoy comemos con mi madre. Que hay que ver en qué plan está. Y después viene el de la lavadora. Si aparece, que ésa es otra. De todos modos, hoy no puedo ir a la pintura porque hay que llevar a los perros al veterinario. Otra obligación. Si no es por el gasto, es porque, a ver qué necesidad tengo yo de estar cargando chuchos todo el día en el maletero. Pero bueno, a la niña le viene bien tener un animal y Manolo disfruta llevándoselos al campo. Las ocho menos diez. Todavía tengo diez minutos hasta que empiece a llegar la gente, así puedo revisar las operaciones de ayer. Todo en orden, mira que bien. Si es que Jorge vale mucho. Hombre, buenos días. ¿A ver el e-mail? El jodío niño no escribe, un día me pasa algo y ni se entera. No le voy a poner ningún mail, que después dice que soy un coñazo.


Siete y cincuenta y nueve.


Suena el teléfono.

-¿Unicaja Buenos días?

viernes, 18 de febrero de 2011

El informe Juliana y Bo Derek

En sus dos primeros artículos, aunque equivocado, Juliana trazaba una idea bastante verosímil sobre la influencia de Andalucía en la configuración autonómica española. Su idea de una Andalucía interesada en acaparar, por lo menos, lo mismo que Cataluña adolece del rigor mínimo que se debe exigir a cualquiera que sepa que Andalucía de Casas Viejas a Marinaleda, de Cádiz a Olvera, es mu complicá.

En su tercer artículo – quién sabe si todavía se atreva con más- es bastante decepcionante. Sobre todo, porque pierde el rigor analítico que tenía en sus dos escritos anteriores y se dedica a especular, tirar la piedra y esconder la mano, como los niños caprichosos. Como los periodistas malos.

En su nuevo capítulo, Juliana cuenta cómo el unos delegados del PSA viajan hasta Libia con el propósito de obtener el apoyo de Gadafi para una supuesta Andalucía islamista, o islamizadora.

No aclara -porque no hay con qué- cómo hizo Gadafi para intervenir en el café para todos, ni que réditos obtuvo por ello. Quizá se intente beneficiar de la posición que el Coronel Gadafi jugaba en la política intenacional de aquellos años. Se trataba de uno de los máximos rivales de Reagan, capaz de estar tiempo después detrás del misil que derribó un avión comercial americano con más de doscientos pasajeros en Lockerville.

Nada de esto es cierto. El PSA, partido al que Juliana da tanta importancia, siempre fue minoritario. En 1979 alcanzó su máximo de cinco diputados para el Congreso, lo que le permitió tener cierta voz, pues tuvo cierta utilidad para facilitar la investidura del gobierno. Poco después fueron engullidos por la mayoría socialista y nunca se volvieron a recuperar. No digo que Rojas Marcos no se hiciera un viaje a Libia, ni que lo recibiera algún subsecretario de Turismo del gobierno y tomaran el té en un cálido palacio.

Eso es todo, la historia no da para más. Ni para Andalucía, ni para el estado autonómico.

Pero si Juliana quiere historias turbias de poder -y para todos los morbosos- le voy a contar algo que le servirá para rebautizar -por cuarta vez- el café para todos.

A principios de los 70 Felipe González no tenía el poder en el PSOE. Ya habría querido, pero la vieja guardia no aceptaba sus formas, y quizá tampoco su fondo. Sobre todo Rodolfo Llopis, ministro de la II República que encabezaba el movimiento histórico, conocido como Llopista. La lucha era tan dura y el partido en España tan embrionario, que la batalla se decidió en el ámbito internacional. La Internacional, un lugar donde los intereses oscuros estaban poco y mal disimulados. Allí, Guerra obtuvo en apoyo de Carlos Andrés Pérez, el presidente de Venezuela. El Gocho o el Saudita Venezolano -como se conocía a Carlos Andrés-, sabía que con Llopis tenía poco que hacer, era demasiado viejo. Ofreció el apoyo a Guerra y González, que se hicieron con el poder en el Partido Socialista. Algún día sabrían devolverle el favor.

Años después, Pedro Pacheco, figura disidente – ya hablamos del Partido Andalucista-, se había convertido en un elemento incómodo desde la alcaldía de Jerez, que ocupaba desde 1979. El estado de las autonomías no estaba cerrado, ni el café para todos servido. El peligro de este Pacheco estaba en los nexos que le unían con un paisano suyo, enemigo público número uno: rico, poderoso, con más de 65.000 trabajadores y miembro del Opus Dei: José María Ruíz Mateos. Él sólo podía tumbar la bandeja del café para todos y estropear el pastel autonómico socialista, que en aquellos años aún estaba calentito.

Había que actuar rápido.

En parte, el resto de la historia es bien conocida. El 23 de febrero del '83 era expropiado el holding empresarial de Ruiz Mateos: RUMASA. Afortunadamente, había motivos de sobra para hacerlo. Con esto, se extirpa la posibilidad de un frente común, económico, ideológico y de base territorial, que habría sido peligrosísimo para el felipismo.

Aún faltaba un cabo por atar: la boca cerrada del Gocho tenía un precio. Ese precio fueron 29.784 millones de pesetas, exactamente. Felipe Gonzalez vendió la cadena de almacenes Galerías Preciados a los protegidos de Carlos Andrés Pérez: la Familia Cisneros en 216 millones de pesetas. A los pocos meses, éstos revendieron la empresa por 30.000 millones.

Un apaño directo entre González y Carlos Andrés Pérez. De bien nacidos...

Como detalle. Los Cisneros siguen siendo hoy una de las familias más poderosas de Estados Unidos, con socios como Kissinger o Rockefeller.

Llopis murió a los pocos días de esto en Francia, donde había regresado tras fracasar en su último proyecto político. En Cádiz, mientras tanto, Fabio Testi se divierte con Bo Derek y Ana Obregon toreando una vaquilla en el rodaje de Bolero. Al caer la tarde, regresan al Hotel Alfonso XIII. En el bar, ordenan Jerez para todos.

martes, 1 de febrero de 2011

Los Tableros de Marfil

Primer Movimiento: Lo de fuera. El proceso autonómico andaluz y la prueba de paternidad del café para todos

Empecemos por el presupuesto más sencillo del artículo (llamemos artículo al conjunto de los dos escritos). Juliana afirma que la política del café para todos no tuvo su origen en Alfonso Guerra, sino en Clavero Arévalo, un regionalista pequeño burgués muy receloso del hegemonismo industrial de Catalunya. Como apertura, en esta afirmación hay un error y una duda.

El error está en afirmar que Clavero era -durante la Transición- temeroso del hegemonismo catalán. Si tenemos tiempo, después discutiremos la exhuberancia histórica de convertir la notable influencia que la Noticia de Cataluña tuvo en la Noticia de Andalucía en un hito histórico reseñable. Y si se puede, habaremos de si la burguesía andaluza era pro o anticatalanista. Eso será luego.

Porque el hecho de que fueran muy o poco anticatalanistas, es simplemente irrelevante en esta historia. Veamos, pues. Como Juliana afirma, el café para todos fue la consecuencia de una partida de ajedrez. Sin embargo, yerra al definir a jugadores y tablero. Juegan blancas (centralismo -más o menos agudo, con más o menos autogobierno para las comunidades históricas, Cataluña, País Vasco, Galicia-) y negras (descentralización, estado autonómico, gámbito danés de un futuro federalismo). UCD, eligió primero y jugó a blancas. El PSOE, el Guerra y González, jugó a negras.

Pero podía haber sido al revés.

En ésas, como parte del partido en el gobierno, a Clavero se le encargó asegurar el compromiso de Andalucía, la zona de mayor extensión y más poblada, con el proyecto político. Pero Andalcía no fue más que uno de los tableros de la partida. Como Fisher y Spassky se retaron en Reikiavik o Yugoslavia. Eso qué más daba.

Lo que sí era importante era saber qué se necesitaba para ganar la partida de Andalucía -que como los encuentros de Kasparov con Topalov en Holanda parecía que no tendría fin- y cómo usarlo para acabar haciéndose con el timón del país. Clavero y el Guerra conocían, como todo el mundo, el poco disimulado afán regionalista andaluz, un nacido a finales del XIX, desarrollado libremente durante años en el Ateneo de Sevilla y la Revista Bética (-¡ay Graupera, cuántas cosas de las que hablar, en qué líos me metes!) y acrecentado por el caciquismo, la emigración, la pobreza y probablemente la muerte de Caparrós el 4 de diciembre.

Guerra aprovechó este sentimiento, para ganarse Andalucía y diluir a otros contrapoderes regionales. Doble gámbito. El café para todos nació de ahí, pero no creo que ni siquiera Guerra supiera qué estaba haciendo.

Don Manuel Clavero, cátedro como sabes de Derecho Administrativo, tuvo que responder con lo que él mismo denominó la tabla de quesos mediante la que las distintas regiones o nacionalidades irían eligiendo, progresivamente y en orden, su nivel de autogobierno. Un amigo me contó cómo Jiménez Blanco, catedrático de ciencia política de Valencia, y sociología en Michigan y años después en la Complutense (Sevillano y malafollá, granaíno nacío en Sevilla, quiero decir), contaba cómo hablaba Clavero de zu tabla de quezoz con el marcado ceceo del sevillano antiguo.

Te dije que también había una duda. No sé si el referéndum del 28 de febrero para la Autonomía de Andalucía es un epílogo necesario, o si es tan irrelevante para esta historia como el catalanismo de Clavero. Déjame que te cuente que el 86% de los votos fue a favor, con una participación del 70% de la población. En Almería, el único lugar donde no se logró mayoría absoluta (y la razón por la que el Senado hubo de aprobar el Estatuto por la vía del 151), hubo un 4% de votos en contra. Allí no se permitió al explicar su posición, reducida al abstencionismo estratégico de la UCD.


Segundo Movimiento: Lo de Adentro. De los Omeyas a las élites locales

Ahora seré breve. Me resulta curioso que Juliana hable de la bandera de los Omeyas como origen de la Andaluza. Aunque brevemente, no creo que sea una frivolidad hablar de ello. Alguna vez se ha oido hablar en sectores andalucistas ensoñados que el origen de la bandera andaluza está en el siglo XII, cuando el ejercito árabe luchaba contra Alfonso VIII -apodado el Noble o el de las Navas- bajo una enseña verde con el pendón blanco del jalifa magrebí, (¿recuerdas la hermosa Casa del Jalifa de Ronda?), que llevaba sus propias tropas. Además, según se cuenta en la Historia de la Giralda, la noche antes de la batalla, Jacub-Almansur vio en sueños un ángel blanco con bandera verde. Derrotados los cristianos, la victoria de 1198 hizo ondear la bandera verde con pendón blanco, en honor a la unión de andalusíes y siervos del jalifa a uno y otro lado del estrecho.

La realidad tiene muy poco de eso, aparte de un guión para una serie de TVE1. En la génesis del andalucismo están las ideas de George (Congreso Georgista Hispano-Americano de Ronda, ¡es que estamos en todas partes!) y el Krausismo (¿Qué diría el insigne profesor de la New School, Don Fernando de los Ríos -rondeño- sobre esto?). Alguna vez, Blas Infante, padre un poco trasnochado de la patria andaluza (con este concepto no puedo ayudarte) con su amor por Marruecos y lo andalusí, insistía en el significado de la bandera verde como la esperanza, cuando se asoma a nuestros campos; blanca. como nuestra bondad, según los versos Arabes que la cantan desde el siglo XVII.

Todo nacionalismo necesita de un imaginario popular común, como bien sabes. Pueblo, cultura, instituciones. A mi me gusta más aquello del Verde es la vestidura de nuestras sierras y campiñas prendidas por los broches de las campesinas habitaciones blancas; limoneros en flor son los árboles preferidos por los andaluces y blancas son nuestras villas y antiguas ciudades de blancos caseríos con verdes rejerías orladas de jazmines. Pura y blanca, como un niño, es la Andalucía renaciente que en nuestro regazo se calienta.

Pero para gustos, colores.


Tercer Movimiento: Lo del centro. Mucha gente en Andalucía no tenía ninguna intención de quedar por detrás de Catalunya y el País Vasco

Querido Jordi, te confieso que el punto del discurso de Juliana, por lateral, sibilino y equivocado, que más me preocupa, es el de la relación de los andaluces con Cataluña.

La razón es tan sencilla como oculta -no sé si queriendo o sin querer-: omite a la segunda parte de la ecuación: la relación de los catalanes con Andalucía. Quiero volver sobre esto en el futuro, pero déjame decir unas palabras muy breves para poner de manifiesto que Juliana comete.

En su artículo, habla de la fijación de las élites andaluzas con la hegemonía industrial catalana y, de manera equívoca y equivocada, lo une con el sentimiento de los quintos de San Viator, con los que compartió camastro en la mili.

Omite, o ignora, que los catalanes hicieron mucho más que la yihad, los omeyas, Rodríguez de la Borbolla o el Guerra para que Andalucía sea hoy una nacionalidad histórica. En los primeros años del siglo XX, las visitas de Cambó al Ateneo de Sevilla fueron continuas. Allí, hizo de mentor y de catalizador de las ideas del catalanismo en Andalucia. Inoculó el germen de una dignidad de pueblo, escribió para la revista la Bética. Cambó organizó en Sevilla los juegos florales andaluces, a imagen de los catalanes, con una clara intención: generar una comunión cultural. Al menos, un patrimonio común.

Así consiguió Cambó el apoyo de los burgueses andaluces a la mancomunidad catalana. De hecho, la Veu de Catalunya, órgano que conoces bien, apoyo abierta -y económicamente- el movimiento andalucista desde 1916.

De hecho, años después el bisabuelo de Rodriguez de la Borbolla (que Juliana confunde, en el enmarañado nobiliario árbol genealógico), ministro y alcalde de Sevilla, resultó ser el mayor apoyo de los catalanistas en Andalucía, contra las tesis centralistas de Alcalá Zamora o Laviña. No te descubro nada si te recuerdo los corrillos del Congreso ¡don Niceto es enemigo personal de Prat de la Riba y Cambó, y todos esos apóstoles mancomunadores!

Que luego el Anteproyecto de Córdoba del 36 estuviera inspirado en el Estatuto de Cataluña, o que años después, los políticos andaluces -y quién sabe si los quintos almerienses- quisieran parecerse o no ser menos que sus vecinos catalanes en la Transición, tiene una explicación mucho menos morbosa y más natural, en mi opinión.


Ara Jordi, no sé si això et serveix per a alguna cosa, si t'ajuda i, molt menys, si estàs d'acord. No puc tractar de ser objectiu, perquè saps que crec que són moltes més les coses que ens uneixen que les que ens separen.

El cafè per a tots, o formatge per a tots, és part de la nostra història comuna. Ja hem parlat molt del passat, i sovint parlem del futur. Quan ens va preocupar el present?

viernes, 3 de diciembre de 2010

Esperanza,

Esperanza la del maera (literally Esperanza of the man known as Wooden, or Hope wife of the man known as wooden), was an old woman born in Seville, in the very artistic and folkloric district of Triana (they claim to be an independent republic inside Seville). She had an awful life. She lived her entire life hidden behind a cruel man nicknamed “el maera” (the wooden) because of his tough forms. El maera was well known in the Flamenco world. It is said that Ava Gardner was in love with him. But he did not want Esperanza to show her art. She grew up her children, and never had the opportunity to become a singer.

But Esperanza (hope), never lost her hope. 13 years after she became widow, when she was 80, she created a flamenco group “Triana Pura”, with other elderly neighbours. Art was thru the veins of them all. They recorded a LP “De Triana, al Cielo”, (from triana to heaven) with a huge success, “el probe Miguel” (poor Miguel, but with an orthographic mistake very common in illiterate post-civil war andalusian people, in fact, all of them were illiterate).

Esperanza died a few months later.

Did she become an artist? No, she had always been an Artist. Did she have hope? No, she was Hope. Hope, la de Triana

This is not the song that made them famous, but one of the most beautiful songs I ever listened. Enjoy Esperanza

http://www.youtube.com/watch?v=6exNUayPilA

viernes, 26 de noviembre de 2010

Acción de Gracias


Amaneció plomizo el día de Acción de Gracias. Aunque salí a la hora de todos los días hacia la biblioteca, parecía que fueran tres o cuatro horas más temprano porque no había ni un alma en la calle. Nada se mueve en Nueva York.

En las vallas de las aceras, las bicicletas y los carros del supermercado pugnaban por encontrar un lugar donde amarrarse. Sí, carros y bicicletas.

Las bicicletas de los currelas, que hoy no van a ninguna parte y los carros de los vagamundos.

Es impresionante ver cuántos vagamundos tiene Nueva York. Sobre todo, porque aquí, hasta para vagamundo hace falta tener propiedades. Todo sintecho que se precie carga sus pertenencias, como improvisado caracol, en sillas de oficinas roídas por los años, desequilibradas y con alguna rueda de menos. O en carros robados –o comprados, no pensemos mal- en algún supermercado, precisamente. Siempre cargan un megáfono o una grabadora de voz, aunque rara vez he visto alguno funcionar. Muchos tienen la mirada perdida y hablan sin parar, señalando hacia arriba o hacia el suelo, como pidiendo cuentas a alguien. Pero, si alguna vez cruzan su mirada contigo, debajo de toda su tristeza, parece que reclaman algo de atención. Que llevaran tiempo queriendo hacerse oír, pero ya no les merezca la pena contar su historia. O simplemente para recordarnos que no siempre fueron pordioseros. Quizá por eso el megáfono averiado y la grabadora sin pilas.

Hoy, liberados de la obligación de patrullar las calles con sus carros de cachivaches, estos desamparados se refugiarán en alguno de los hospicios que les ofrecen pavo y algo de beber.

Puedo imaginarme la cena típica del trabajador neoyorquino y no sé cuál sería peor. Para los que tienen casa, o al menos familia, hoy es el día de haber ido a comprar un pavo relleno y, mientras se hace en el horno, preparar una tarta de calabaza para acompañar.

Los días en familia son extraños en este país enorme, trashumante y aislado por un cinturón de algodón, donde el cordón umbilical con los hijos se rompe a los diecisiete años la criatura se va de casa para trabajar en cualquier esquina del país o para estudiar con préstamos pagados de su propio bolsillo. Así se hace más difícil entender la familia como una obligación o una deuda, como nos pasa tanto en España.

Esta falta de obligación les ahorra casi todas las muecas lógicas de cuando uno tiene que comer sapos en familia. Casi todas, no todas.

Acción de Gracias es una de esas ocasiones ineludibles. Y la cena en familia da, para lo que da. Y una vez sentados a la mesa, no es muy diferente a Nochebuena. La mezcla de cariños más o menos desgastados por la rutina o por la distancia se confunde con una cierta resignación a arreglarse con desgana, a maquillar la cara y la memoria antes de sentarse a compartir langostinos junto a unos extraños con los que sólo compartes apellido. En pocas horas, las familias de allí y de acá se ponen al día de la vida del hermano pesado, del tío sátiro, de los insoportables sobrinos mimados o la tía solterona que cada año regala una funda de piel para el teclado del ordenador.

Quizá por la deuda moral o económica, en España nos obligamos a volvernos a juntar al día siguiente – y en Cataluña, como epílogo de la autoflagelación- también un tercer día, San Esteban, para asegurarnos de que todas las rencillas vean la luz, y no quede títere con cabeza.

Aquí, eso no pasa. La cena, bien. Pero debe terminar pronto, porque la verdadera atracción empieza en la madrugada del día siguiente. Como si de una resurrección se tratara, todas las tiendas del país, abren a las cuatro de la mañana con rebajas de verdad escandalosas. Black Friday, lo llaman.

La gente hace cola en la puerta de las tiendas desde varias horas antes y no es extraño que el pavo relleno se reparta a los comensales en Tupper-wares y cada quien se vaya a la tienda que más le guste a esperar hasta que las puertas abran y olvide el mal rato comprando compulsivamente. Y fin de la historia familiar, de las penas y de las peleas.

Todo el mundo a comprar. Y cuestión resuelta.

Eso sí le falta a los vagamundos de Nueva York. Pero mirando de nuevo esos carros de supermercado, a lo mejor no son tan distintos a las compras compulsivas del Black Friday. Tan llenos de objetos sacados de aquí y de allá, que ellos codician. Los carros alimenta la imagen de que, aunque todo nos falle; estemos sin casa, trabajo, familia, pavo, ni tarta de calabaza - o peor aún, pese a que tengamos que aguantar todo ello-, siempre podremos aparcar un carrito en la acera y llenarlo de nuestras propias latas vacías, brillantes como bisutería.Y quizá, en el frío de noviembre, contarle nuestras penas a una grabadora sin pilas o gritarlas al viento, con un megáfono averiado, para que no se molesten los vecinos, que cenan en familia.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un membrillo en Manhattan


En la parte alta de Manhattan hay un claustro medieval donde se expone una colección de arte europeo, sobre todo de origen franco-catalán y centroeuropeo, de entre los siglos X a XIV. A diferencia de otros muchos templos y construcciones de estilo neogótico o neoclásico en Estados Unidos, muy del gusto de los aficionados al arte de por aquí, estos claustros medievales no son neorrománicos ni de inspiración románica, sino que son, tal cual, del siglo XIV.

Se podría pensar que trescientos años antes de que Colón se topara con las islas orientales, se le hubiera adelantado algún arquitecto catalán al estilo de Gustavino –un arquitecto valenciano formado en Barcelona que revolucionó la arquitectura neoyorquina del último tercio del siglo XIX y que diseñó, por ejemplo, la estación Gran Central de trenes de Manhattan-. Aunque esto sería divertido y podría servir para reivindicar esta tierra como parte de los Països Catalans, una construcción tan majestuosa necesita una historia más fantástica.

Resulta que un escultor americano, George Grey Barnard, se estableció Paris en los últimos años del siglo XIX para estudiar las formas de la obra de Rodin. En los doce años que vivió allí alcanzó gran éxito. Esto, unido a su noble origen y a su pasión por el arte medieval, le permitió adquirir un gran número de obras de arte y construcciones románicas franco-catalanas, aprovechando la ignorancia y la avaricia de sus propietarios y las turbulencias que precedieron a la Primera Guerra Mundial en Europa.

El tamaño de la colección era tal que motivó la preocupación del gobierno francés, que intentó sin éxito aprobar una ley para evitar que los monasterios comprados por el escultor americano fueran traídos piedra a piedra hasta Nueva York, en barco.

Pero el gasto prácticamente lo arruinó para siempre.

Años después, Rockefeller compró a Barnard todas las piezas y con ellas montó el claustro del que estamos hablando en un terreno frente al río Hudson. No contento con eso, depositó en él su gran colección de arte medieval –incluyendo la espectacular serie de tapices del unicornio en cautividad- y compró todos los terrenos al otro lado del río, para que nadie pudiera construir en el entorno del claustro y la vista quedara para siempre como un auténtico paisaje occitano.

Como colofón, plantó un membrillo en el centro del patio del claustro. Después de eso, donó todo el conjunto al Metropolitan Museum of Art, cuando su obra estuvo terminada.

Pero esto no es todo. Como cualquier hermosa historia, también tiene su letra pequeña. Resulta que algunos años antes de todo eso, Rockefeller había contratado a Barnard para que le esculpiera una fuente sobre la creación de Adán y Eva para su finca de Procantico Hills. Pese a que Barnard sabía del puritanismo de los Rockefeller, se empeñó en mostrar las vergüenzas de Adán y, aunque le pidieron que las tapara con un velo, hizo todo lo posible para que fuera prácticamente imposible ocultar los genitales sin mutilar –nunca mejor dicho- la obra.

La disputa de la fuente y el pene se resolvió finalmente en 1923, pero Rockefeller nunca se olvidó de la afrenta. Quizá esperó a la ruina de Barnard para obligarle a cederle su abrumador claustro. Quizá reconstruyó todas las piezas en una elegante colina, en pleno Manhattan y se vengó abusando de la virginidad que Barnard no quiso respetar en su fuente.

Dejó vírgenes las tierras del otro lado del río y, como un gran elogio de la virginidad, alojó allí los tapices del unicornio en cautividad, que son también una metáfora, pues en la Edad Media se creía que sólo una virgen podía ser empleada como reclamo para atraer a ese hermoso y esquivo animal.

Quizá el origen de todo está en aquellos dos membrillos. La osadía del escultor, o la terquedad del puritano mecenas.

O a lo mejor son imaginaciones mías. Pero me hizo gracia lo del membrillo en Nueva York. Y alguna explicación tenía que tener

viernes, 12 de noviembre de 2010

Melancolía de la mala leche


Uno se pone de mala leche por muchas cosas. Tantas cosas. Porque la mala leche es como el empacho. Y uno se empacha igual con las acelgas que con el chocolate blanco o el gazpacho.
Recibir visitas es una gran manera de ponerse de mala o muy mala leche.
Nace como un acontecimiento feliz pero puede llegar a convertirse en una poderosa fuente de estrés, y de mala leche. A la llegada del invitado compras un colchón inflable –y lo hinchas a pulmón, henchido por las fuerzas de la ilusión-. Buscas en el armario las sábanas buenas que traían el apellido bordado en los cubrealmohadas¸ que son ásperas y están amarillentas, pero hacen al huésped consciente del respeto que se le profesa. Del dormitorio sacas una de las mesillas de noche y una lamparita. También un despertador que nunca usas y no sabes poner en hora. Todo colocado con sumo cuidado, como si fueras a dejarlos ahí para siempre. Reubicas el resto de los muebles para que recuerden a una habitación de hotel. Al final, siempre acabas cediendo tu dormitorio a los invitados y te quedas tú mismo con el salón reconvertido. No sólo por hospitalidad, también son las ganas de estrenar el colchón y esa estancia que has diseñado cariñosamente durante la tarde.
Llegan los invitados y, con ellos, el atracón de amistad. Te acuestas a las tantas porque volvéis a contaros –esto pasa siempre- todas las anécdotas que sucedieron en el tiempo en el que estuvisteis más unidos. Las historias del colegio, de un campamento de verano, de las excursiones al campo, de la universidad o de cualquiera de las decenas de ferias recorridas en los veranos locos de hace diez años. No es de extrañar que suenen más divertidas de lo que en su día fueron, ni que dejen un regusto de reconfortante melancolía. Qué rica. No importa cuántas veces se repita esta liturgia, siempre habrá detalles que sólo alguno de los presentes pueda recordar y que los demás acepten, satisfechos por verse retratados en tan irresponsables hazañas.
En los primeros días, amaneces ansioso por seguir recuperando momentos. Como untado de una ungüento para des-cumplir años. El desayuno se parece a los desayunos de entonces –de cuando sea-. Y a la hora de las cañas, saben como entonces, aunque cuesten como ahora y en el espejo del fondo del bar se vea claramente que sois los más viejos del lugar. Pero eso es sólo una apariencia.
Durante tres días das largas a las crisis existenciales, a las frustraciones en el trabajo, el fracaso amoroso, a la clamorosa calva de plata que te asoma al salir de la ducha. A las canas que te nacen y las arrugas que te atenazan.
Es cierto que a los tres días nos vuelven a comer terreno nuestras miserias. Nos pesan las responsabilidades y sobre todo las resacas. No quieres hurgarte los bolsillos y la tarjeta de crédito sufre síntomas de abrasión. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Todas las toallas del baño huelen a perro mojao. No queda papel higiénico ni pasta de dientes. Y hay un ocupa en el dormitorio dejando pelo por todas partes. Ya no sabes qué haces durmiendo en el salón, en un colchón medio desinflado que da unos dolores de espalda del demonio. La alarma del despertador –que nunca supiste poner en hora- salta tres veces por la noche con un ruido insoportable y es imposible volverse a dormir.
Para colmo, cada vez que vas camino de la cocina te estrellas con la dichosa mesita de noche. Quién la pondría ahí. Y qué fea es, por cierto, y qué mala leche.
Inevitablemente, te alegras cuando se van. Te das prisa por meterles la maleta en el taxi, o de empujarlos al metro.
Les das un abrazo algo más frío de lo que debieras y regresas a casa, donde tratas de poner orden entre todo el desastre. Barrer, fregar, doblar el colchón. Tanta gloria lleven, como paz dejan.
Escribes un mensaje de texto con el móvil y lo envías en el instante en el que recibes exactamente el mismo: “Te quiero. Te echo de menos. Gracias”
Melancolía de la mala leche. No es casualidad. Es amistad.